Soledad

Miro con descuidado detenimiento cada detalle del techo de mi circular torre normanda. Un techo rematado en una sobria bóveda de arista pintada de blanco. La luz se filtra por un arco medieval de medio punto, mi balcón, mientras las motas de polvo que se traspasan por ella bailan en el aire. Respiro hondo, guardo el aire en los pulmones un segundo, y lo suelto. Palpo mis sabanas blancas de hilo, son suaves y confortablemente frescas; bajo ellas están las mantas que me abrigan cada noche. Escucho atentamente el silencio, me habla pero no lo oigo. Algún pajarillo pía en mi balcón, el del arco medieval de medio punto, y parece decirme: «Soledad, levántate ya y ponte a trabajar».

Salgo de la cama matrimonial –en la que siempre duermo sola– de un salto y corro con el pijama de coralina color pastel hasta el balcón normando. Lo abro rápidamente y el pajarillo, un gorrión, sale volando espantado. Yo miro al horizonte, a mi horizonte, porque todo esto, todo lo que veo, es mío. Vuelvo a respirar hondo, muy hondo. Hace un par de horas que ha amanecido. Y no tengo horarios que me marquen la vida.

Yo sonrío.

Vuelvo a entrar para vestirme, un vaquero y una sudadera roja con gorro. Mi dormitorio está en lo alto de mi torre de piedra normanda. Al otro lado de la habitación, justo enfrente del balcón, hay una escalera de mano hecha de madera que conduce hasta la parte más alta de la torre coronada por un parapeto con almenas y una atalaya vigía. A veces subo allí para pintar o hacer fotografías.

Me gusta mi torre. Mientras hago la cama, estiro las sabanas, coloco bien las mantas… miro de reojo la escalera de piedra que conduce a la planta de abajo. Allí se encuentran mi estudio y mi biblioteca, en realidad son la misma estancia, donde pinto, leo, escribo y creo. Me considero una artesana que hace de todo un poco.

Al bajar del dormitorio al estudio-biblioteca, abro el ventanal de arco doblado para que entre la luz. El ventanal, como el balcón de mi dormitorio, está orientado al este; mientras que justo enfrente hay una pequeña ventana –de un metro aproximado de altura– con forma de arco de medio punto que mira hacia el oeste. Ahora mismo tengo demasiada hambre como para ponerme a pintar o tallar pequeñas cajas de madera, por eso me apresuro a llegar a la cocina.

En la siguiente planta se encuentran la cocina y el salón, estos si están separados por un muro de madera construido por mí. En realidad la torre fue parcialmente reformada en los años setenta, y yo la terminé de adecuar a la vida moderna e introduje algún cambio arquitectónico con mis propias manos. Además, de arreglar la instalación eléctrica y poner calefacción –aunque tengo una pequeña chimenea en el salón que enciendo los días de nieve–, modifiqué el ventanal de la sala de estar para convertirlo en un arco ojival y construí la citada pared de madera.

Abro la ventana de la cocina, idéntica a la de las plantas superiores. Caliento el café y el pan, después baño la rebanada con aceite de oliva y lo acompaño con una naranja. Me siento en la mesa de la cocina, rectangular, grande y de madera oscura, rodeada de seis sillas, a beberme el café tranquilamente mientras escucho las noticias en la radio. Están hablando sobre el riesgo de las personas solitarias a una muerte prematura.

–De algo hay que morir… –mascullo irónicamente mientras doy el penúltimo sorbo al café.

Ahora que recuerdo, tengo que dar de comer a los animales y arreglar el huerto. Debo desayunar fuerte. Me levanto, cojo un plátano del frigorífico, tiro la cascara a la basura y tomo el último sorbo de café. Comienzo a comerme el plátano, maduro y dulce, mientras bajo a la última planta de mi torre normanda.

Llego a la última planta, la planta baja. También está dividida en dos: un pequeño gimnasio que construí para mantenerme físicamente activa y una cochera donde permanece mi pequeño coche eléctrico, con el me muevo por la finca. Antes se encontraban aquí las cuadras y las habitaciones de los sirvientes de los señores normandos que mandaron construirla. Aquí hay tres grandes ventanas, dos en el gimnasio y una en la cochera.

Y entre estas dos estancias de mi torre, se encuentra la entrada. Se trata de un hermoso recibidor al que se accede por una puerta de madera doble coronada por una arquivolta de arcos desmultiplicados y grabados en zigzag que conduce unas enormes escaleras de piedra y pasamanos de madera oscura también de diseño normando. Es la original de la torre.

Justo al salir, a mano derecha, hay un pequeño cobertizo y a continuación un huerto.

Mantengo cuatro gallinas y un par de cabras, me dan leche y huevos, pero no me las como; soy vegetariana. Y en el huerto pues tengo verdura, obviamente. Llevo viviendo así, sola, en mitad de la nada, desde hace seis o siete años. Yo era profesora de matemáticas, tenía una buena vida, la verdad. En mi país los profesores tenemos un buen sueldo. Pero dejé todo aquello para alejarme del mundo. Me aislé voluntariamente, vendí todo lo que tenía y me compré esta grandiosa finca –realmente he olvidado cuantos kilómetros cuadrados tiene– con la enorme torre normanda en la que vivo.

Así que, sí. Vivo sola. Únicamente me comunico con el exterior mediante internet. Supongo que soy una ermitaña 2.0 o algo por el estilo.

¿Que por qué lo hice? Siempre suelo pensar en estas cosas mientras trabajo, la verdad. Lo hice porque estaba cansada. Harta de tener que lidiar con gente a la que le importaba poco o nada, de sentirme sola mientras vivía rodeada de decenas de personas. Todas las noches me dormía pensando en lo asquerosa y monótona que era mi vida, deseando fundirme con el colchón y desaparecer; cuando al día siguiente sonaba el despertador me preguntaba qué sentido tenía levantarse.

–Al menos ni los animales ni las verduras que cultivo me llevan la contraria y me dicen como debería conducir mi existencia. ¿Verdad, amiguitos? –les pregunto a los conejos mientras los acaricio. No, ellos no me replican.

El trabajo manual y agrícola es sumamente absorbente. Cuando me quiero dar cuenta, reparo en que es la hora de comer. Y que hoy tengo invitados.

Vuelvo a la cocina a preparar la comida: espárragos trigueros con vinagre balsámico y tomate. Enciendo el fuego, pongo la sartén, espero a que se caliente el aceite y sigo cavilando.

Tomar la decisión de vivir en soledad no fue nada fácil, y no lo digo por el tema económico. Tuve que dejar atrás a mi familia y a mi círculo de amistades. Pasas de hablar y tocar a personas, de interactuar con ellas cara a cara, gente con la que tienes unos lazos más estrechos; a no hacerlo. Aun así no he perdido el contacto con ellos, con mis padres y mi hermana me refiero, ya que vienen a verme una vez al mes –hoy precisamente– y a traerme los víveres que no puedo conseguir por mi cuenta viviendo en mi torre normanda.

A los diez minutos de empezar a cocinar aparecen en mi puerta. Yo les abro y vuelvo a la cocina. Ellos ya saben lo que tienen que hacer, donde guardarme las cosas. Me preguntan por como estoy, les digo que muy bien. Y a continuación comunico que la comida está lista.

Charlamos, hablamos, conversamos. Tenemos muchos temas de conversación, pero sobre todo hablamos de política. También intentamos evitar algún que otro asunto más personal.

Mientras vuelvo de la cocina con el frutero oigo a mi padre quejarse a mis espaldas:

–Yo solo digo que porqué sigue empeñada en vivir aquí sola. Ya ha estado muchos años experimentando con su mente, su encierro y todo eso. ¿Por qué no vuelve con nosotros? ¿Por qué no retoma su antiguo trabajo?

–Tu hija ya es mayor y sabe lo que hace. Si ella es feliz así deja ya de darle vueltas al asunto. Te lo hemos dicho muchas veces –me defiende mi madre, siempre mi madre. La quiero mucho.

Yo entro en el salón con el gesto torcido por el enfado. El que peor lleva lo de que viva aislada de la sociedad es mi padre, como puede verse. Ya casi no protesta por mi decisión, aunque de vez en cuando pierde un poco los papeles.

–Mamá tiene razón –suspiro hondo–. Estoy aquí porque quiero y me va bien. No hay más que hablar.

–¡Pero hija mía! –estalla él–. Esto es como una muerte en vida.

–Papá, déjalo ya –interviene mi hermana mayor. Intenta poner paz–. No te vas a salir con la tuya. Es su decisión, debemos respetarla.

Al final todo se calma. O al menos eso parece.

Después de recoger la cocina y despedirme de mi familia salgo a hacer algo de ejercicio. Camino, corro… Otras veces me paso un buen rato en el gimnasio, haciendo pesas y ejercicios de fuerza. Cuando permaneces tanto tiempo encerrada el deporte te ayuda a desconectar y mantenerte físicamente activa.

No me da miedo ir sola por el bosque, sé que estoy segura. Toda la finca está cercada y vigilada. Se podría decir que es como mi pequeña utopía. Rodeada de naturaleza, quietud y sin el resto de cosas malas del mundo exterior.

A veces pasan horas hasta que vuelvo de nuevo a mi torre normanda.

Más tarde, cuando vuelvo de mi caminata y me ducho, trabajo en mi estudio. Me gustan el arte y la artesanía. Fabrico pequeños muebles de madera, pinto oleos y acuarelas, tejo, escribo poesía y novela de ciencia ficción o hago bisutería. De todo un poco. Los ingresos que tengo vienen de ahí, de esas pequeñas actividades artístico-artesanas que luego comparto en redes sociales y vendo por internet.

Ahora estoy trabajando en cosas pequeñas, como tallar pequeñas cajas de madera y joyeros. También estoy terminando un poemario bastante íntimo que no sé si publicaré.

Y la verdad es que ser una atípica artista aislada voluntariamente de la sociedad es un extraño y buen gancho comercial porque lo vendo todo muy bien y con precios, en ocasiones, desorbitados. Sobre todo cuando realizo subastas. Mucha gente famosa puja por mis creaciones, aunque a veces pienso que no valen tanto. Creo que lo que hago es bastante mediocre, pero así es la cultura mainstream.

Tras quince años trabajando como matemática es un lujo poder hacer todo esto, que al fin y al cabo es lo que quiero. Porque yo siempre he deseado hacer lo que me diera la gana.

Aunque por otro lado, en las redes sociales, la gente me dice que cómo soporto estar alejada de la sociedad. También hay quien me recrimina ser una persona egoísta por abandonar mis roles de género –¡Puf! Menuda tontería, ¿no?–. Otros que me llaman loca y rara. Y luego están aquellos que dicen que lo de que vivo sola en una torre es una gran mentira, una estrategia de marketing para vender las mierdas que pinto, construyo y escribo. Incluso que ni siquiera soy una mujer.

La verdad es que algunos comentarios son bastante ofensivos. Otros, sin embargo, me felicitan por mi trabajo y mi valentía.

Aun así hay momentos en los que me pongo triste, sobre todo cuando anochece, como en este instante.

Y es que a veces echo de menos las cosas tangibles. Pero por tangible no me refiero a que se pueda tocar con las manos, si no con el alma y el corazón. Ese beso que te roza la piel, un abrazo bajo las sabanas que te estremece, una caricia, un susurro en el oído… Ese tipo de cosas.

Me paso días enteros sin escuchar mi voz. Hablo sola, con los conejos, los pájaros, los árboles, las piedras, el sol, la torre, la luna, las nubes y las estrellas. Me dan ganas de volver al mundo real, de salir ahí fuera.

Pero después de todo, ¿quién iba a querer estar aquí conmigo?

Todo esto sucede cuando ya cae la noche, cuando termino de trabajar en mis «cosillas». El fin de algo me pone triste, y es entonces cuando necesito a alguien detrás de mí que me dé una palabra de aliento. Aunque luego miro a mí alrededor. «Lo que he conseguido es mucho. Lo he conseguido con mi empeño, contra viento y marea. Esto es lo que realmente quería», me digo a mi misma cada día.

Y así, convenciéndome a mí misma de lo afortunada que soy, acaban todos mis días. Después ceno y veo alguna serie o leo algún libro. La noche es un momento de relajación física y mental. Por eso aprovecho ese instante para ir a dormir y concederme un último espacio de reflexión interna.

La soledad es difícil de llevar, es cierto, es una compañera voluble y caprichosa. Pero también hay que saber vivir con ella.

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