Puño Violeta – Primera Parte

Paula y Ainara se conocieron hace más de dos años de manera accidental. Son dos chicas bastante diferentes, pero con algo en común. Por un lado, Paula es una activista social de treinta y seis años, pelo castaño rizado que siempre lleva recogido en una coleta alta y un cuerpo fuerte y atlético preparado para la acción. Mientras que Ainara es una cajera de hipermercado de veinte años algo más menuda que su amiga, con el pelo negro azulado, a juego con sus inexpresivos ojos azules.

Mientras que la primera es jovial, optimista y se preocupa mucho por el bienestar de los demás; su compañera es algo más retraída puesto que se considera un bicho raro y tiene la creencia de que todo el mundo la odia a pesar de ser una líder nata.

Lo que el resto del mundo desconoce es que ambas tienen una doble vida. Una vida nocturna gracias a la cual se conocieron y por la que ayudan a otras chicas como ellas. Chicas que tienen miedo de volver a casa solas por las noches.

Y es que tanto Paula como Ainara forman parte de una red clandestina, formada únicamente por féminas, que se dedica a la ayuda mutua entre ellas llamada Puño Violeta. Esta red se dedica a patrullar las calles en busca de mujeres que tienen que caminar solas por la noche, están siendo agredidas o temen que pueden serlo, se sienten acosadas en la calle y necesitan cualquier tipo de ayuda o consuelo.

Se dan a conocer dejando pegatinas en las farolas de las zonas de ocio nocturno o en los baños de bares, pubs y discotecas. Son pequeños adhesivos redondos, del tamaño de una moneda de dos euros, donde aparece un puño violeta sobre un fondo blanco y unas letras rojas con un número de teléfono especial y el texto: «Hermana, ¿necesitas ayuda? Cuenta con nosotras. ¡Llámanos!».

La estrategia de Puño Violeta surtió efecto a las pocas horas de colocar las pegatinas. Llevan funcionando así diez años.

Para salir a patrullar por la noche llevan siempre encima un puñado de bridas de plástico, por si tienen que inmovilizar a alguien; espray de pimienta, para noquear a un posible agresor; y, lo más importante, una máscara blanca con un puño violeta dibujado sobre la mejilla izquierda para taparse la cara si es necesario y no ser reconocidas. Además de un teléfono móvil con la batería bien cargada.

Cuando acompañan a una chica a su casa, el protocolo es custodiarla hasta la misma puerta del piso. Entran con ella en el portal, porque nunca se sabe lo que puede esperar en la oscuridad de un rellano a las tres de la madrugada, y suben con ella hasta su casa marchándose una vez que la chica ha cerrado con llave por dentro.

–¿A cuántos refugiados habéis atendido hoy en la ONG? –Ainara vuelve a la conversación que tenían antes de acompañar a una adolescente de quince años ha su domicilio.

–Veintitrés. La mayoría eran hombres jóvenes que pedían información para solicitar el asilo –Paula da un salto para bajar el escalón de la calle y cierra la puerta del bloque tras de sí con suavidad–. También había una familia que buscaba un piso para alquilar.

–Formamos una extraña pareja –reflexiona Ainara al caminar mirándose los pies–. Tú eres la buena samaritana y yo la antisocial.

–La antisocial que ha conseguido que le suban el sueldo a todas las cajeras del hipermercado. Eres una líder obrera nata, Ainara –felicita Paula a su amiga dándole un par de palmadas en la espalda.

Ainara agacha el gesto con timidez y esboza una leve sonrisa de orgullo y piensa que quizás no sea tan inútil como ella piensa.

–¿Qué pasa ahora?

El móvil que Paula lleva en el bolsillo, proporcionado por Puño Violeta, suena en mitad de la noche.

–Necesitan nuestra ayuda –Paula responde al teléfono y al minuto cuelga–. Son dos chicas que también necesitan que las acompañen a sus casas.

–Pues vamos para allá.

–Estamos un poco lejos. Llamaré a Cintia y Nadia para que se encarguen ellas, están más cerca.

Ainara se aleja unos pasos mientras Paula habla por teléfono con sus compañeras. Cuando va caminando percibe unos extraños ruidos tras la esquina. Afina el oído y entonces se da cuenta de lo que ocurre.

–¡Paula! –grita a su compañera mientras ella sale corriendo.

Al doblar la esquina y avanzar cinco metros, observa horrorizada como un tipo encapuchado intenta meter a la fuerza en un portal a una mujer que ansia gritar pidiendo ayuda y deshacerse de su agresor. Ainara acelera sus zancadas mientras Paula le sigue muy de cerca. Entonces la mujer cae al suelo, golpeándose con el borde del escalón del portal, y el tipo aprovecha para empezar a desnudarla de cintura para abajo.

–¡QUIETO!

Paula, colocándose la máscara, adelanta a Ainara, que también se tapa el rostro, abalanzándose ferozmente contra el encapuchado. El tipo, sin saber cómo ni de dónde viene la persona que le cae encima, comienza a gritar aterrorizado y a pedir socorro.

–¡Cállate, maldito cabrón! –le golpea con saña en la cabeza y lo remata dándole puñetazos en la nariz y la boca. La sangre del encapuchado comienza a teñir de rojo los nudillos de Paula–. Intentabas violar a esta mujer. Te hemos visto, capullo.

Entre tanto, Ainara atiende a la horrorizada víctima. La agredida, una mujer de unos cuarenta años de origen latino, no deja de llorar y gritar de terror. Ainara se ofrece para acompañarla a la comisaría más cercana para denunciar la agresión.

–¡No! ¡No! –chilla entre lágrimas amargas–. Solo quiero volver a casa. Quiero irme a mi casa.

–Escúchame –Ainara se descubre el rostro y habla con voz seria pero amable–, este tipo quería violarte.

–¡No! ¡No! Solo quiero meterme en la cama y olvidar toda esta pesadilla –confiesa la víctima con amargura, sin poder mirar a los ojos de Ainara.

Ainara insiste en llevarla al menos al hospital para que la vean, pero no consigue convencerla.

Paula se incorpora y se pone al lado de su compañera y amiga. Ha noqueado al agresor, un joven de unos veinte años que lleva una sudadera blanca con una esvástica en el pecho, y lo ha inmovilizado en el suelo con las bridas.

–Me temo que no puedo convencerla.

–Está muy nerviosa –comenta Paula.

–¿Crees que no es la primera agresión que sufre? –susurra Ainara al oído de Paula.

–Es probable –responde pensativa, jadeante y en voz baja–. En estos casos debemos seguir el protocolo establecido, aunque nos joda. Yo me encargo de llevar a este cabrón a la comisaria de Estrella. Ella se encargará de él y del papeleo.

–Está bien. Yo la llevaré –señala Ainara a la víctima con la cabeza. Victima que aún llora con desconsuelo– a su casa y le daré nuestra tarjeta por si algún día nos necesita. Nos veremos en el punto de encuentro, hermana.

Esa es la normalidad de cualquier noche de sábado para las componentes de la red Puño Violeta.

Conforme pasan los minutos y las horas los temas de conversación entre ellas se acaban. Ya no se habla de trabajo, ni de voluntariado social, ni de la casa, ni de la pareja, ni de sueños, ni de política, ni de nada. El silencio reina entre ambas. Caminan atentas a cualquier sonido o movimiento. Siempre alerta por si el teléfono móvil comienza a vibrar en el bolsillo.

Ya son las cinco de la madrugada. Paula y Ainara continúan patrullando cerca de una pequeña discoteca cuando se topan con una chica. Ambas se percatan de que no puede caminar bien, da tumbos de un lado a otro de la acera. En un momento dado, la chica se apoya contra una farola y comienza a vomitar. Es entonces cuando Paula y Ainara salen corriendo a socorrerla.

La chica, con el pelo largo, color cobrizo y delgada, se agarra al poste como un naufrago se agarra a una tabla en mitad del mar. Entre arcadas y vomito, Paula consigue sacarle donde vive.

–¿Te encuentras mejor?

–Sí –la voz le torpea por los efectos del alcohol–, gracias.

Ainara se echa el brazo izquierdo de la chica por su hombro y la agarra de la cintura, mientras Paula hace lo mismo con el brazo derecho. Ainara le explica entonces que ella y Paula la ayudaran a llegar a casa sana y salva.

Rápidamente avisan a uno de los grupos especializados en este tipo de casos. Si hay embriaguez un equipo formado por dos sanitarias, una conductora y otra persona de apoyo conducen en coche a la chica en cuestión hasta su domicilio. Por eso Paula se encarga de llamar a sus compañeras para que recojan a la chica que se han encontrado.

Mientras tanto Ainara pregunta a la chica, que vive a tres calles de donde la han encontrado, por la razón de su estado y el porqué volvía sola a casa. A lo que la muchacha responde con serias dificultades que había salido con su grupo de amistades para celebrar el cumpleaños de un amigo, ha bebido demasiado –más de lo normal para ella– para no ser la «rarita del grupo» y que de pronto se encontró tremendamente mal y decidió irse de la discoteca por su cuenta y riesgo.

Paula y Ainara se miran entonces de manera cómplice. Son muchas las chicas a las que se encuentran solas los fines de semana borrachas volviendo sin compañía a sus casas. Unas beben más que otras, unas toleran la bebida mejor que otras; pero si algún desalmado se las encuentra en esas condiciones no dudaran en aprovecharse de la situación. Eso es lo que ellas y sus compañeras del Puño Violeta pretenden evitar.

Al instante llega el grupo especializado. Con suma celeridad las dos sanitarias meten cuidadosamente a la chica en una pequeña y discreta furgoneta azul –con este color pretenden no llamar la atención de nadie que las pueda ver pasar– especialmente preparada para estos casos. Mientras, la chica de apoyo pregunta a Paula y Ainara por lo ocurrido y lo anota en un pequeño papel que luego dejaran en el bolsillo de la muchacha ebria para que conozca lo ocurrido cuando se despierte en su cama.

Las dos amigas observan cómo se llevan a la chica con un cierto aire de orgullo en el pecho, pero también con pena. Muchas veces desean que este tipo de cosas dejen de ser necesarias y las mujeres puedan sentirse seguras en la calle. Aunque eso parezca una utopía.

Más aún cuando una jocosa voz masculina exclama a sus espaldas:

–¡Ey! Pero mira lo que tenemos aquí, tío. Menudo par de pibas nos acabamos de encontrar.

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4 comentarios en “Puño Violeta – Primera Parte

  1. carlos dijo:

    Me encanta este relato, en cuanto suple carencias que la sociedad debería solventar desde hace años. Esta cuestión que afecta, ni más ni menos que a la mitad de habitantes del país debe ser un punto crucial en las elecciones o corremos el riesgo de incluso retroceder y perder los pequeños avances logrados hacia la igualdad. Un saludo.

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  2. historiasconk dijo:

    ¡Chapó ! Describe a la perfección el cuadro que nos encontramos todas a todas las edades y circunstancias de la vida. Lo que lamentablemente siento es que nuestras madres, amigas , etc acaben diciéndonos “ten cuidado” en una noche en la que deberíamos pasarlo bien. Me imagino a las chicas de la red del puño violeta, con ese orgullo de poder socorrer a todas , o casi todas, bien fuertes. Esto, NO DEBERÍA SER LO NORMAL. Te felicito compañera.

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    • Psique W. dijo:

      Gracias 😊 Esta historia solo sería la punta del iceberg pero es un reflejo de lo que las mujeres sufrimos solo por eso, por ser mujeres. Lo que nos lleva a esta historia, a tener que cuidarnos las unas a las otras. Me alegra que te guste. Besos.

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